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El cuento de la princesa Kaguya

 

 

El cuento de la princesa Kaguya es la última obra maestra que nos dejó Isao Takahata, genio del cine japonés y cofundador de los archiconocidos estudios Ghibli junto con Hayao Miyazaki. Amigos desde la juventud, comenzaron trabajando juntos en series de animación tan memorables y exitosas como Heidi o Marco. Más tarde dirigiría el primero de los cinco largometrajes que realizó para los históricos estudios, su obra más conocida y una cumbre del cine de animación, La tumba de las luciérnagas.

 

 

¡Ojo! Si quieres ver esa peli, mejor prepara una escusa para cuando, tres días después, alguien te pregunte en el metro, el trabajo o donde sea, por el motivo de tu llanto incontenible, pues hay bastante consenso sobre que es la película más triste de la historia. ¿Hachiko, Million dollar baby, Un monstruo viene a verme? Me preguntaréis. Comedia ligera. La vi por primera vez de niño, con la cosa de que era de dibujitos, y me lleve un traumita.

 

 

Pero no todo son lágrimas con Takahata, Mis vecinos los Yamada o Pompoko son pelis bastante alegres. La segunda es, de hecho, una fantástica chifladura difícil de explicar en occidente; Unos perros mapache luchan contra la invasión de los humanos usando su poder de estirar…de crear cosas con…bueno, mejor que la veáis, no os dejará indiferentes. Aunque siempre resuena en su obra esa melancolía por los viejos tiempos, la naturaleza, los orígenes o la tradición, aspecto que comparte con Miyazaki y que se percibe claramente en la película que os traigo hoy.

 

 

El cuento de la princesa Kaguya, también conocido como El cuento del cortador de bambú, es el relato tradicional japonés en prosa más antiguo que se conserva, donde un anciano cortador de bambú encuentra, dentro de un brote de esta planta, a una resplandeciente niña de diminuto tamaño. La lleva a casa y junto a su esposa deciden adoptarla. Pronto se dan cuenta de que la niña es algo fuera de lo común, más allá del hecho de haberla encontrado dentro de un bambú, claro.

 

 

La pequeña rebosa vitalidad, es curiosa, amorosa…una niña feliz que disfruta junto a sus amigos de lo que la vida rural les ofrece. Me recordó mucho a Heidi, con su entusiasmo contagioso y esa comunión que siente desde el primer capítulo con las montañas. También me la recuerda cuando, como ella, tiene que abandonar esa vida para ir a la ciudad en pos de un supuesto futuro mejor, dejándola desarraigada y triste, añorando una existencia más simple. Y poco más os voy a contar del argumento. La historia en sí es muy fantasiosa pero sencilla, aunque el final os puede dejar un poco locos. En cualquier caso, debajo de su sencillez, como suele pasar con estos cuentos populares, se esconden esos profundos y universales mensajes que llegan directamente al alma sin pasar por el filtro de la razón.

 

 

Takahata nos la cuenta con calma, lo cual podría hacerla algo pesada si no estuvieras bebiéndote con los ojos cada fotograma. Y es que lo que destaca sobremanera en esta obra es la animación, nunca había visto algo así y dudo que vuelva a verlo. Un dibujo delicado, en acuarela y tonos pastel, inspirado en a la Nihonga, un tipo de pintura tradicional japonesa, síntesis de varias corrientes y que pervive hasta nuestros días. Seguro que habéis visto en algún restaurante uno de esos cuadros en donde aparece una rama de cerezo en flor y un pajarito, o algo por el estilo, con pocos colores y trazos cercanos al impresionismo. Pues eso.

 

 

La animación es muy fluida, dejando un poco de lado el detalle para deslizarse por la pantalla como un río de colores, calmado y luminoso a veces, otras oscuro y furioso como un torrente lleno de remolinos. Y es que Takahata nos cuenta más sobre la princesa y sus estados de ánimo con la absoluta maestría de su pincel que con las palabras. Hay momentos en que sus trazos serán finos y preciosistas, y otros en los que se convierten en esbozos dibujados con rabia, casi borrones, que se desarrollan de forma vertiginosa llevándonos de un lado a otro como en un sueño, o una pesadilla, según la ocasión, sin perder nunca ese toque impresionista.

Esta película es de una tremenda belleza, poesía en movimiento, una obra de arte que nos muestra lo hermoso de la vida, la naturaleza, la juventud o el amor, y sus inevitables contrapartidas. La energía de “tallo de bambú”, como llaman a la niña sus amigos, es limpia y contagiosa, y la nostálgica pena de la joven princesa, que carga con las expectativas de una vida adulta y la maldición de su sin igual belleza, te llenará de una melancolía muy bien manejada, natural, con ese sabor agridulce que, bien entendido, te deja una sonrisa en la boca y una lágrima asomando al ojo. En cualquier caso no llorarás como un bebe con hambre, como con la de las malditas luciérnagas (Maravillosa, repito, pero allá tú y tu pobre corazón si la vez)

 

 

En su estreno, hace ya 10 años, pasó bastante desapercibida, y aún hoy no suele nombrarse mucho cuando se habla de Ghibli. Quizá no era lo que el público esperaba por ser una obra tan libérrima y original, pues Takahata, viendo cercano el final, hizo lo que quería hacer, lo que le dio la gana, lo que espero que pueda hacer también Miyazaki dentro de poco en su, casi seguro, ultimo trabajo, pues estos genios, aunque se han procurado bastante libertad creativa, cuanto más libres mejor. Aún así tengo la seguridad de que, con el tiempo, está joya terminará siendo un absoluto clásico.

Si te gusta la animación deberías verla, y si no también, aunque sea por curiosidad, pues se trata de algo diferente, toda una experiencia. Puede que no te guste, que te parezca tonta o larga, o puede que la descubras y te quedes para siempre, como me pasó a mí, con una película única ,llena de talento, magia y encanto. Merece la pena el viaje.

 

Takahata, te perdono lo de La tumba de las luciérnagas, Allá donde estés, gracias.

Santiago
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