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Rocky, la historia de amor más grande jamás contada.

Rocky, la historia de amor más grande jamás contada

 

 

Si preguntas por ahí por la archiconocida Rocky, es muy posible que te digan “Sí, la de boxeo esa de Stallone, que tiene tropecientas partes”. Me ha pasado. Y no te estarán mintiendo. Sí la persona a la que le preguntas es fan de la saga quizás te hable de la bonita historia de un perdedor más dentro de un mundo de perdedores que logra superar la adversidad, y también de la resiliencia, el sacrificio, el esfuerzo y la creencia en que los sueños pueden cumplirse aun cuando parece que todo está en contra, o de como una derrota puede ser una victoria según el punto de vista y el punto de partida.

Sí me preguntas a mí, y me centro en la peli original de 1976, aunque también valdría para la segunda parte y la sexta, Rocky Balboa, pues esas tres en concreto forman un bloque propio en lo tonal y lo temático dentro de la extensa saga, te diré que sí, que es la peli esa de boxeo, de la redención contra todo pronóstico de un perdedor llena de momentos de grandiosa epicidad acompañados de una BSO que merecería un capítulo aparte. Pero sobre todo te diré que es la historia de amor que más me ha tocado el alma en toda mi cinéfila vida, por su crudeza, su humanidad y su verdad.

Antes de meternos en faena, una advertencia; aunque no voy a contar toda la peli, sí que habrá algún spoiler más o menos implícito inevitable en la parte de la que hoy nos ocupamos, así que si no aún no la has visto en sus casi cinco décadas de existencia igual quieras hacerlo antes y seguir leyendo después. Y sí no, espero que tras leer este artículo te animes a hacerlo, nada me agradaría más, pues quizá te has estado perdiendo una gran obra cinematográfica.

 

 

Una vez dicho esto, vamos allá.

Rocky pelea unos 3 minutos al principio y otros 10 o 12 al final, más algunas escenas de entrenamiento y alguna conversación con Mickey (La intimista e incómoda escena de ellos dos en casa del boxeador es de una crudeza y emoción brutales), y ahí se acabó el boxeo dentro de un metraje de dos horas. Y son escenas magnificas, muy bien coreografiadas, filmadas y grabadas, y como decía antes, la épica vuela a lomos de la música hasta las más altas cotas posibles. Tengo tantas pruebas como dudas de que los temas de Bill Conti junto con el Eyes of Tiger de cintas posteriores, son los más utilizados de la historia para motivarse a la hora de entrenar.

El resto del metraje es pura humanidad, la historia de estos “Perdidos” que tratan de sobrevivir como pueden en los sórdidos suburbios de la Philadelphia de 1975, un mundo tan duro y despiadado que si no tienes cuidado y entereza te puede dar tal paliza que quizá un día ya no puedas levantarte.

Veremos, en apenas unas pocas escenas iniciales, como Rocky es tratado con condescendencia, cuando no con desprecio y burla, tanto en el ring, como fuera de él. Lo hace su jefe, el mafioso, para el que trabaja cobrando deudas, aunque curiosamente es uno de los personajes que a pesar de todo mejor lo trata, aunque sea desde esa condescendencia de la que hablaba. No es así por parte del indeseable de su chofer, por ejemplo, el personaje más odioso de la saga (Que pena que no le haga una cara nueva a ese… en fin, mejor me callo) e incluso es vilipendiado por una “dulce” niñita a la que sermonea y que termina mandándolo a freír espárragos, por no repetir sus palabras literales. “¿Quién soy yo para dar consejos a nadie?” se marcha cabizbajo nuestro bienintencionado protagonista ¿Quién?

Por si fuera poco, casi lo único que tiene, su club de boxeo, su taquilla y su entrenador, le dan la espalda “¿Sabes lo que eres, eres una patata?” le dirá el “simpático” Mickey, que es un viejo exboxeador, dueño sempiternamente enfadado del gimnasio “¿No has pensado en retirarte?” terminara por apuntillarle este. Los primeros minutos del film, que deben de ocupar unas 24 horas en la vida de nuestro protagonista, son desoladores.

 

 

Y he dicho que es casi lo único que tiene porque, aparte del boxeo, hay una pequeña luz en la oscura vida de Rocky, una luz que nadie más ve, y por la que él, no solo se compró un par de tortugas, gancho y directo “dos simpáticas tortugas” en la nueva tienda de animales del barrio, si no que se inventa chistes, e incluso los ensaya frente al espejo, para contarlos cada vez que va a la esta a por comida para sus mascotas.

Es evidente que el humor no es lo suyo, pero él insiste, y lo hace por un motiv;  por esa tenue lucecita de la que hablaba y que se esconde detrás de unas gafas, un sombrero de lana y una tonelada de timidez que es Adrian, la dependienta, y por ese amago de sonrisa que se atisba debajo de toda esa coraza con la que protege de un mundo tan duro y agresivo su naturaleza dulce y apocada y su timidez patológica.

Y aquí aparece Paulie, un personaje fundamental y de los más interesantes de la saga, a medio camino entre lo odioso y lo entrañable, pues es un desastre alcoholizado, impertinente, liante y bocazas, pero con un gran corazón que surge cuando la bebida se lo permite, y en base a cuya gris personalidad se ha acuñado la popular expresión “Eres más pesado que el cuñado de Rocky” Este es el hermano de Adrian a la par que el mejor, y casi único amigo del boxeador, y es él quien da pie a que finalmente la futura pareja de solitarios treintañeros tenga su primera cita.

 

 

Lo malo es que lo hace a la manera de Paulie, es decir, con buena intención pero de la peor manera posible. La escena nos pone muy incomodos como espectadores, pero poco a poco, lo que comienza como un desastre se ira convirtiendo en una noche tan subgéneros como entrañable, en la cual Rocky, que no es el oso más listo del bosque pero que posee cierto encanto y desenvoltura, va superando entre bromas y anécdotas sobre boxeo, sobre que sí no, las barreras que Adrian lleva años levantado en torno a ella. La mítica escena de la pista de hielo es deliciosa sin entrar en lo cursi, muy humana y dulce, e incluso por momentos te sacará una sonrisa.

A lo largo de esta cita, que no tiene igual en el mundo del cine por diversos motivos, nos dejaran momentos y conversaciones para la historia. “Si te hacen daño, ¿Por qué boxeas?” pregunta en un momento dado ella, a lo que él responde “Porque no se cantar ni bailar

Porque es boxeador, es lo que sabe hacer, lo que ama hacer y para lo que ha nacido, como veremos a lo largo del film y de la saga, lo único que le hace sentir que vale para algo y lo único que puede alimentar, aunque sea solo para que no muera de inanición, a su escaso amor propio.

 

 

Después de esto la historia de boxeo y superación arranca, pero no estamos aquí para hablar de eso, y aunque hay algunos que otros momentos más en los que observaremos la evolución de esta pareja y de su amor, solo haré hincapié en dos escenas más, situadas en la parte final, para reforzar mi argumento de que estamos ante el relato de amor más puro, real y bonito de la historia del cine.

La primera es de la noche antes del combate, donde Rocky, ante la inminencia del mismo, sufre un tremendo ataque del síndrome del impostor y confiesa a Adrian que no puede ganar, pues va a enfrentarse al mejor, a un hombre que nunca ha perdido; “¿Quién soy yo?, no soy nadie, y él es el campeón”

Lo vemos abrir su alma y exponer sus miedos más profundos con la única persona con la que de verdad puede hacerlo. Aunque también le hace una promesa “Pero ¿sabes qué?, nadie le ha aguantado 15 asaltos al campeón, y sí yo lo consigo, sí suena la campana y sigo en  pié, sabré, por una vez en mi vida sabré que no soy solo otro perdido más”

 

 

La segunda se subdivide en tres, repartidas antes, durante y después de la pelea.

En los vestuarios, poco antes de salir al combate, Rocky le pide a Adrian que le espere, que no se vaya a ir de la ciudad. Parece que lo dice medio en broma, pero en realidad le está diciendo mucho más.

Adrian, que ya no es esa chica tras la coraza, al menos no del todo, luce muy bonita con su elegante boina y esos bonitos ojos oscuros scuros que se escondían tras las gruesas gafas “Sabía que tenías unos ojos bonitos” no es capaz de salir del vestuario, pues no quiere ver como su amado se va a encerrar en un ring durante 15 asaltos de tres minutos con el tipo más peligroso del mundo entre esas 16 cuerdas.

 

 

La legendaria pelea va transcurriendo, y ella solo escucha los gritos enloquecidos del público, sin saber lo que está pasando, hasta que, hacía el final, no puede más y sale. Lo que se encuentra es dantesco, y vemos en su rostro como le duele en el alma cada golpe que él recibe, al punto de tener que cerrar los ojos.

Pero esta no es la Adrian que conocíamos, y no solo a nivel estético, así que un momento después se arma de valor, los abre y lo mira, Es lo único que puede hacer, y siente que tiene que hacerlo, por él, por ellos, pues es la manera de estar a su lado, de compartir su sufrimiento y sus miedos, y también su felicidad por hacer lo que mejor hace

Una vez termina la pelea, y de nuevo en una escena donde la música acompaña de maravilla, vemos que Rocky, agotado y maltrecho, al que toda una caterva de periodistas reclama y pregunta sobre el ring, acosándolo micrófono en ristre, trata de divisar, casi sin ver, a su amada, pues está medio ciego por los golpes, mientras grita “¡ADRIÁN!”, una y otra vez “Por favor, déjenme en paz, ¡ADRIÁN!”. Lo único que de verdad le importa es que ella siga allí, que vea que no es un perdido más, que lo ha conseguido, mientras que ella trata de hacerse paso entre el enfervorecido público gritando a su vez “¡ROCKY! ¡ROCKY!

Adrián por fin consigue llegar, y con la ayuda de Paulie (Si es que al final hay que quererlo por muy impresentable que sea el tipo) consigue subirse al ring, llegando a empellones hasta el destrozado púgil que a duras penas se mantiene en pie para fundirse con él en un abrazo que los convierte en ese momento en las únicas personas que existen en el mundo. “No te has ido“ le dice él, “Te quiero” responde ella “Te quiero” replica él, y así lo repiten alternativamente; Te quiero, te quiero te quiero…

 

 

Entonces la imagen se congela y fin.

Pelos de punta y un pellizquito en el pecho, el cual arranca alguna solitaria lágrima que baja, entre salada y dulce, hasta mi apretada sonrisa de bobalicón. Esa es la reacción que tengo cada vez que veo el final de Rocky, y deben ir más de 50 veces, sin exagerar.

Rocky es muchas cosas, sobre todo, y para resumir, es una grandísima película, pero voy a reiterarme en lo mismo que dije al principio; Es la historia de amor más grande, bonita y pura jamás contada en el cine.

Así, sin caer en hipérboles ni nada

 

 

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